Llegué a Guadalajara el domingo 26 de noviembre, el día 17 de mis 44 años. Después de muchas promesas de ir a la Feria del Libro en Guadalajara, este año decidí cumplir ese propósito.
El primer día no fue como lo esperaba, empezo viajando en el auto familiar a Tijuana para tomar el avión a las 5:30 de la madrugada, nos tocó una luna blanca, llena y luminosa, que regalaba su luz al mar. Los amaneceres de esta zona de México son reconocidos por su belleza, y junto al paisaje entre mares y montañas, la luz juega su papel para ser fotografiado y pintado inspirando a aficionados y profesionales por igual.
Este viaje es muy significativo para mí, hace ya 25 años que había decidido regresar a vivir a Ensenada, dejando Guadalajara atrás. Sus ambiciones y promesas para profesionales pueriles que llegan a probar su valor a la gran ciudad. Podría decir que regresaba yo con la misma idea, aunque ya entrada en años, me sentía llena de vitalidad para entablar relaciones con todo aquel genio creativo que me encontrara. La industria editorial representa ese sueño para mi, desde el primer libro que leí en mi adolescencia hasta el momento que me di cuenta que había decidido ser escritora, aun con los comentarios que mi abuela me hizo al compartirle mi sueño “Mija, te vas a morir de hambre si te dedicas a eso”.
Al llegar a la ciudad de Guadalajara, compartí un taxi con una editora argentina que radica en la ciudad de México, amigable y entusiasta de compartir su conocimiento con alguien nuevo, eso marcó una señal de que había llegado al lugar correcto. El Airbnb me resultó más familiar de lo que esperaba, un cuarto sencillo con una mesita de noche y un pequeño escritorio blanco para acompañarme a escribir. Y dos perros cariñosos que se acercaban y se iban dando el suficiente amor o privacidad según lo requiera el que está cerca. Me doy cuenta desde el principio, que no necesito mucho para escribir, imaginar y crear, al contrario, creo que al requerir menos puedo crear más, porque mi creatividad se encarga de llenar los espacios en blanco.
Llegué a la FIL con la ilusión de llenar todas aquellas expectativas que me había hecho desde hace tiempo, pero también con un ligero dolor de muelas que se volvió más intenso. Al cabo de dos horas me encontraba sentada en el piso, al lado de una familia que compartían felices la historia de un libro, mientras que yo algo mareada, me hacía a la idea de agarrar valor para regresar a medicarme y descansar. Si tuviera que describir con pocas palabras esa primera experiencia en la FIL, diría que fue “un día abrumador”, lleno de calor, ruido y la energía de tantas personas que se gana el título.
Entiendo que cada historia es contada desde la experiencia de quien la cuenta, en mi caso, no esperaba que todo esto sucediera, pero así fue. Y después de tomar mi medicamento y descansar tuve la oportunidad de reflexionar sobre lo que verdaderamente estaba transformando dentro de mi. Un vistazo a la portada del libro que estaba en la mesita de noche me hizo comprender que ese momento que me había manifestado era circunstancial y acorde a la prisa que tenía por “lograr ese sueño”, un sueño que ya no me parecía tan claro o tan sencillo como cuando era una niña.
Después de contemplar las paredes del cuarto y recordarme meditar, pude entender que los cambios personales no son reflejados de inmediato en las acciones y resultados que obtenemos de esas acciones, sino en la atención y la intención que le damos a ese cambio. Y yo estaba en ese momento deseando el resultado, no la experiencia del cambio.
El trayecto, el camino, la práctica, la repetición, el hábito… todos ellos son parte de la experiencia y existen porque se le dedica el tiempo. No te conviertes en escritor, eres escritor y por lo tanto escribes. Es ahí cuando me di cuenta, que tengo tiempo haciendo esto, y con esto me refiero a “escribiendo”. Desde el momento en que decidí ser escritora me convertí en una, tal vez no publicando libros para una editorial, pero sí escribiendo poemas detrás de la carpeta de la escuela, escribiendo ensayos para la escuela o para entrar a concursos, aprendí a escribir relatos para algunas revistas y de ahí pude crear narrativas para diferentes proyectos creativos. En cada uno de esos años me dediqué a escribir, para mi o para otros, pero siempre amando lo que hago.
El día que cumplí 44 años, escribí en mi diario una lista de 44 cosas que quiero hacer antes de cumplir 45. En mi lista está tachado “Ir a la Feria Internacional del Libro en Guadalajara”.
Mi visita será muy diferente el segundo día.
Tal vez el primer día no haya sido todo lo que esperabas… pero lo escribes tan bonito que a mi me ha gustado mucho, espero el relato del segundo día.
Gracias! Y así fue. Es parte de la curva de aprendizaje, sobre todo cuando probamos cosas nuevas.